La máquina del tiempo

Todo lleno de luces, tanto que llego a cegarme. Observo la situación desde un punto de vista objetivo, o al menos eso intento. Estoy arrodillado en el centro de la carretera y las luces que me impiden abrir los ojos son las de un camión -acompañadas de un sonido ensordecedor, el del cláxon, seguramente-, que se dirige a toda velocidad hacia mí (según los científicos, a unos 120 kilómetros por hora).

Voy a morir, y las razones que me han llevado hasta esta situación han sido olvidadas. Voy a morir, y he olvidado quién soy y quién era.

El camión, finalmente colisionó contra mí. Y he de decir que no fue doloroso, o al menos eso me dijeron. Perdí las piernas, perdí los brazos, perdí todo y ahora me hallo conectado a mil máquinas que me mantienen vivo, si es que a esta forma de vivir se le puede llamar vida.

Aunque quizá no seguiré así por mucho tiempo. Soy un muñón desde hace mucho, no sé exactamente cuanto tiempo llevo así, desperté del coma y no he podido informarme, es lo que tiene haber sobrevivido a un accidente como el mío, que vives para contarlo, pero contarlo es lo único que puedes hacer.

Y quizá no vuelva a poder ser considerado humano con todos estos cables (según las definiciones aristotélicas, no lo soy, pues no soy una unidad con mi cuerpo, sino pequeñas uniones de otras partes, que me hacen mil y ninguno a la vez). Es por ello que me han ofrecido trabajar en un proyecto. Participaré como rata de laboratorio y no es seguro que sobreviva, pero me han asegurado que si salgo vivo de todo esto, seré otro hombre (o al menos tendré otras piernas, otros brazos y razones para vivir).

Me llamo Uriel, vengo de un mundo gris, y espero que el proyecto «Time» sea mi salvación. Podéis llamarme como queráis, pero soy conocido como el sujeto 2405 del laboratorio, y tengo un casco conectado a mi cráneo y muchos electrodos en mi pecho, espalda y extremidades.

Científico 1: «Todo saldrá bien, Uriel».

Científico 2: «Te echaremos de menos».

Y eso es lo único que recuerdo. Después, noto rayos, colores, ondas y demás cosas que solo ves en una película de ciencia ficción. Y de repente, despierto. Pero no estoy en el laboratorio, ni siquiera estoy en España. Estoy en una cama empapada en mi propio sudor, con la bandera de los Estados Unidos ondeando al lado de mi ventana.

Salgo corriendo de una casa en ruinas. Voy corriendo a una velocidad que nunca antes había podido alcanzar. Y no me doy cuenta hasta quince minutos después de lo que está ocurriendo: no hay máquinas, estoy entero, soy yo otra vez. Puedo correr, puedo reír, puedo hablar, puedo ser libre.

Pero una vez que se pasa la euforia, recuerdo que soy periodista, y lo primero que hago es comprarme un periódico. No sé de dónde venían esos dólares que tenía en mi pantalón, pero me sirvieron para comprar el New York Times.

Miro la fecha. Una fecha que me revolvió, que me excitó y me aterró a partes iguales: 19 noviembre 2004.

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