Era real. Estaba en el día que todo periodista que ama al baloncesto quiere estar: el 19 de noviembre de 2004. El día que desde entonces es recordado como «Malice At The Palace».

Compré una entrada, lo más cercano a la pista que pude haber encontrado. No estaba mal de precio, pues era un partido de temporada regular y enfrentaba a dos equipos hambrientos, pero no por ello favoritos. Menos aun teniendo en cuenta el poderío que tenían en esos años (entre 1999 y 2003) tanto Los Ángeles Lakers como los San Antonio Spurs.
Pero lo único que importaba en ese Palace de Auburn Hills era el partido que estaba a punto de comenzar, el Indiana Pacers vs Detroit Pistons, el partido que cambiaría el rumbo de la NBA. Aunque, eso sí, no podría ver a Reggie Miller en acción por una lesión en la mano.
Fue un partido sin mucha complicación, hasta que vi el marcador en el electrónico: 97-82, favorable a los Indiana Pacers a falta de 45 segundos y nueve décimas para el final del encuentro.
Era el momento.
Ben Wallace realizaba una penetración a canasta cuando Ron Artest cometió una falta demasiado dura teniendo en cuenta el marcador, el tiempo que restaba para el término del partido y que solo era un partido más en esos ochenta y dos de toda la temporada regular.
Wallace estaba muy enfadado y Artest era impredecible. Parecía una gran pelea entre dos jugadores de esa clásica NBA, esa NBA Old School que nunca más pude ver. Pero fue a más. Desde mi posición varios fans decían que o bien le había empujado, o bien le había dado un codazo Wallace a Artest en el pecho, pero una cosa estaba clara, la agresión iba a tener consecuencias.
Realmente, todos los jugadores consiguieron calmar la situación. Artest y Wallace estaban separados entre una muchedumbre de ambos equipos que no querían más problemas, que querían terminar el partido y pensar en la vuelta a casa.
Incluso el propio Artest buscaba calma en aguas turbias.
El jugador de los Pacers se tumbó en la mesa de anotación a esperar que todo pasara. Aunque ese gesto atípico en él no gustó nada a la afición, que recibió ese gesto como una provocación (y que seguramente lo fue). Hacía tiempo que no escuchaba semejantes aullidos de una manada de fans que estaban sedientos por la sangre de Ron.
Y ahí apareció el destello fatal. Un vaso de soda fue lanzado por uno de los fans e impactó en Artest, que seguía tumbado en la mesa. Como cambió su cara en décimas de segundo, como pasó de la provocación a la ira en un momento.
El jugador, que llevaba el número 91, saltó en un abrir y cerrar de ojos las gradas y ahí estaba frente a su agresor. El espectador cae, Artest le coge la cabeza. Afortunadamente, los nervios de «Ron Ron» le hacen fallar y sus golpes no son directos, evitando una tragedia aun mayor.
Aunque hay que lamentar que no está solo. En esa grada le acompaña Stephen Jackson. Y lo que siguió era una jauría de golpes. Como aficionado al boxeo, he de reconocer que Ron Artest tenía muy buena pegada.
Él, acompañado de sus 2’01 metros y 120 kilos, además de su camiseta dada de sí debido a los continuos agarrones que había recibido, tuvo un pasado como púgil que le aseguró asestar golpes muy acertados contra una multitud que no paraba de tirar alcohol, palomitas y objetos que no lograba reconocer debido a la velocidad a la que eran lanzados.
Estaba impresionado. Había visto esa escena durante horas en vídeos de telediarios y YouTube. Pero nada era tan real como la realidad. Toda esa multitud aglutinada, que buscaba violencia y nada más que violencia. Los gritos, los miedos, las iras, y demás emociones animales (y humanas, aunque no lo parezca) salieron a relucir. Y vi como ocurría el famoso «Malice At The Palace».
Observé como se llevaban a todos los jugadores de ambos equipos con cuidado de que ningún objeto punzante dañara a los jugadores. Y aproveché ese momento para colarme en el vestuario visitante.
Conseguí colarme sin ser visto. La seguridad por aquel momento estaba tan centrada en la pista, que no tuve mayor problema. En el vestuario, bromeaban Jamaal Tinsley y Stephen Jackson sobre todo lo que acababa de pasar. A lo que Ron Artest preguntó «¿Creéis que nos vamos a meter en problemas por esto?». Jackson le respondió sinceramente: «Ron, ¿en problemas? Serás afortunado si matnienes tu trabajo».
Y así terminaba la temporada de los Indiana Pacers. Sobre todo, el gran inicio de temporada que realizó Artest, con 24.6 puntos por partido, lanzando un 50% en tiros de campo y un 41% en el triple
Las consecuencias de este episodio en la NBA fueron enormes. Para empezar, la NBA nunca más volvió a ser la misma, con muchos tipos de vetos y reglas que velaban por que semejante episodio no volviera a ocurrir.
Si previamente, el mayor castigo a un jugador por golpear a un espectador fue para Vernon Maxwell en 1995, que fue suspendido 10 partidos. Con esta situación, el castigo fue mil veces superior:
Ron Artest fue suspendido de 86 partidos (76 partidos de Regular Season y 13 de Playoffs) y casi 5 millones de dólares. Sin duda, fue el peor parado, pero los demás también recibieron duras sanciones. Su compañero Stephen Jackson, le suspendieron 30 partidos y tuvo que pagar 1.7 millones de dólares.
Ron Artest con el tiempo se cambió el nombre a Metta World Peace. Irónico ¿cierto?
